18/11/12

Nostalgia

{No es fácil escribir sabiendo que quien queres que lea no va a hacerlo, que no puede hacerlo. Son tan ilógicas como normales estas ganas de hablar como si lo tuviera al frente, como si cada palabra que escribo la lee y sonríe, vaya a saber uno pensando en qué.}

Hoy me di cuenta que ya no (le) escribo seguido como antes, que su foto ya no es el fondo de pantalla de mi celular y que ya no miro al cielo esperando obtener alguna respuesta. Después de tres años y algunos meses me di cuenta que las cosas siguen su curso y mi vida no se detuvo en ese día, que aunque con sólo recordar esa llamada y los minutos que le siguieron mi mundo pone “Pausa”, yo sigo acá.
Creo que recién ahora entiendo lo que realmente significa el saber que una persona vive dentro de uno; saber que no importa dónde o con quién esté, él está conmigo. Que ni esa llamada, ni los minutos agónicos siguientes, ni el viaje agotador, ni el no haber podido darle un beso de despedida importan; saber que es inmortal, que cada sonrisa suya es mi tesoro, que el verdadero amor va más allá del tiempo, la distancia y la muerte.

Tengo que admitir que aún hoy me cuesta decir “era”, después de mencionarlo… Pero me niego a hablar en pasado. ¿Qué saben los demás? Él no era, él es. Es mi tío, el hombre con la sonrisa más bonita del mundo y los ojitos más transparentes que conocí. Es mi ángel, mi para siempre… Porque este amor que siento, todo esto que llevo conmigo guardado, es para toda la vida.

Y ya ven… No es tan fácil escribir sabiendo que no hay forma de que él sepa cuánto lo amo pero necesito hacerlo. ¿Podrá, desde donde esté, ver todo lo que (su partida) provoca en mí?

…Ojala pudiera abrazarte una vez más…

19/8/12

19/08/09

Me acuerdo cuando merendaba con vos y me decías “Mira, ¿qué es eso?” mientras señalabas un punto fijo y cuando me distraía para ver me robabas el pan con dulce… ¡Cómo odiaba que me hagas eso!
Me gustaba tanto abrazarte, eras tan flaquito, tan alto… Creo que no hubo vez que al abrazarte no mirara para arriba sólo para ver cómo sonreías…

Parece que fue ayer cuando me veías llegar y me hacías caras, o me decías “¿En qué andas vos, pendeja?”… Levantabas la ceja y ponías cara de enojado hasta que no podías contener la risa.
Y siempre que quería sacarte una foto sonreías y a último momento cambiabas la cara… O hacías gestos; abrías mucho los ojos, sacabas la lengua, fruncías el ceño… Y yo me enojaba (qué tonta que puedo llegar a ser, ¿viste?).

¿Cuántos besos te di? ¿Fueron suficientes? ¿Y cuántos abrazos? ¿Fueron demasiados?

Lo cierto es que ya pasaron tres años y un mes desde la última vez que vi tu sonrisa, que vi cómo me mirabas, que te toqué, que te pude abrazar y reírme de vos y tus pantuflas a las cinco de la tarde… Tres años y un mes desde la última vez que te dije que te quería.
Y tres años desde esa decisión que tomaste, si estuvo bien o estuvo mal sólo vos sabrás… Yo sólo espero que ahora sí puedas estar en paz con vos mismo.

Creo que tenías una misión: enseñar(me) a valorar las pequeñas cosas, hacer feliz a todo el que te rodeaba y llenarme la vida de alegría… Siempre…
Porque no importa hace cuánto te fuiste (¿te fuiste?), sólo importa lo que pudiste enseñar, todo lo que diste y se quedó en mí. Que eras el más bonito de mis tíos; que sos mi ángel.

Es tan difícil explicar lo que siento hoy, no alcanzan las palabras para describir tu dulzura, la hermosura de tu sonrisa y la tristeza que se escondía detrás de tus ojitos brillosos; lo lindo que era verte con tu camiseta de River y tu gorra blanca, siempre buscando pelea sólo para hacerme enojar y reírte de mi trompa. Es tan difícil explicar que aún hoy, después de tres años, tu voz todavía hace eco en mi mente y sigo sintiendo ese abrazo..., el último que te di.., el que más duele recordar.

Supongo que sólo intento decir(te) que no importa qué día es hoy, que yo siempre te recuerdo; Que no hay forma de que te olvide. Y que, por más ilógico que suene, cada día te quiero un poco más…
Simplemente gracias por haberme dado el orgullo y el placer de haberte conocido.
Gracias por haber existido.

9/4/12

Chau

Me despido de tus saludos de buenos días, de los besos suavecitos en la mejilla cuando despierto, de las caricias en el pelo mientras me duermo. Me despido de hacerte cosquillas y hablarte para que no te duermas, de acurrucarme en tu pecho, de verte dormir y despertarte a cada rato, de tus ronquidos, de tu sonrisa por las mañanas...  De mi sonrisa al verte a mi lado.
Me despido de las chocolatadas en cada merienda, de los sándwiches a toda hora, de los panchos cada vez que caminamos por el centro, de los Giaccomo con tuco y las hamburguesas como comidas predilectas. También me despido del brillo de tus ojos el quince de cada mes, de tu sonrisa cómplice, de tus manos grandes y tus brazos flaquitos. De mis manos frotándote la panza, de tu cara mientras lo hacía. De las tardes en Sacoa, de tus burlas cada vez que me ganabas en el hockey sobre mesa, de los paseos por el casino, de las noches en el bingo.
Me despido de ganarte en el Mortal Kombat… Bueno, de que me ganes. De verte jugar al Resident Evil 4 y hacerle burla a los zombies, de extrañar(te), de las corridas por el camino a la base o las peleas en medio de la calle. De los paseos por el río y las caminatas por la playa, de las canciones a todo volumen en tu auto, de tus cachetes ruborizados cada vez que te ponías incómodo, de tus ojos grandes y tu voz quebrada cada vez que me gritabas. De mis gritos ahogados cuando algo no me gustaba, de nuestra loca manía de solucionar todo con un beso, de las risas en el jacuzzi, de agarrarte la mano cuando tenía miedo, de abrazarte cuando estaba feliz, de abrazarte cuando estaba triste. Dejo atrás las horas que perdimos (¿perdimos?) contándonos los lunares, dibujándonos las caras, riéndonos; también las que se nos fueron entre discusiones, insultos y llanto.
Me despido de tu mal humor, de tu fastidiosa manera de decir las cosas, de tu manía por dialogar y ‘ser razonables’, de tu boca, de tus ojos… De vos.
Me despido de mi sonrisa al verte por las mañanas, de tu nombre en mi boca, de los mensajes cada vez que te extrañaba, de esa sensación de que a tu lado nada podía pasarme, de mis ganas de irme lejos con vos y sólo con vos, de mis ojos viéndote mientras dormías, de mis manos acariciándote el pelo, de mi mano agarrando la tuya cada vez  que caminábamos por la calle… De mí con vos.
Me despido de vos. De mí con vos. De nosotros, de lo nuestro. Me despido de todo lo que fuimos y de lo que no llegamos a ser. De los “para siempre”.

…Y quisiera que no me doliera tanto…

12/2/12

Simple

Y no sé. ¿Te acordas lo que es sentirse pleno/a? ¿Mirar a tu alrededor y simplemente agradecer por todo lo que (no) tenes?  A veces pienso y me doy cuenta de que tengo tanto por lo que ser feliz… No sé, me gusta despertarme con el sol en la cara y quedarme haciendo fiaca con Aquiles. Con la cara sucia y despeinada. Escuchar la voz de mi mamá y saber que todo está bien, que es un día más y mi familia está conmigo. También me gusta mirar el cielo y encontrarle formas a las nubes. Me gusta desayunar mirando “AM” y reírme sola como una pelotuda. Me gusta viajar en colectivo escuchando mi MP4 a todo lo que da, cantando e imaginando que estoy en un video de algún famoso. Me gusta también ir a clases de baile y reírme muchísimo al darme cuenta de que soy malísima bailando. Me gusta comer sándwiches. A veces me gusta colorear mandalas. Siempre me gusta abrazar. No me gusta ni un poco pelear, aunque siempre esté haciéndolo, pero me gustan las reconciliaciones.
Me gusta caminar bajo la lluvia, sentir el olor a tierra mojada, mojarme los pies y llegar a casa con el pelo chorreando. Me gustan los días de calor para andar de pantalón corto y musculosa, descalza y despeinada. Me gustan los días de frío para quedarme durmiendo en casa bajo dos frazadas y levantarme a las cinco de la tarde a tomar una chocolatada caliente. Me gusta mirar “Los unos y los otros”y reírme. Me gusta ir a la playa. Me gusta andar en bicicleta. Un poco más que andar en bicicleta me gustar tomar un milkshake en Frigor o una hamburguesa en Mostaza. Una de las cosas que más amo es viajar, me gusta mucho escuchar música mientras miro por la ventanilla; ver a mi papá manejando y pensar cuán afortunada soy en tenerlo.
Me gusta ver llegar a mi mamá de trabajar. Me gusta comprarme accesorios para el pelo y soy feliz cada vez que lo hago. Me gusta ver reír a mi hermana. Me gusta que me regalen cosas. Me gusta saber que en unos años voy a ser abogada... Si todo sale bien, no sé. Me gusta soñar. Me gusta pasear con amigas. Me gusta ver abuelos felices. Me gusta comer chocolate. Me gusta escribir. Me gusta tener dos piernas y dos brazos, ¿Te das cuenta de que la mayoría de los que los tenemos nos olvidamos? Me gusta reír. Me gusta mi espalda. Me gustan mis pestañas. Me gusta respirar…

…Me gusta estar viva…

24/1/12

Fragmento de "El camino de las lágrimas" de Jorge Bucay

 Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo un escalamiento bastante complicado, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña. Hasta que en un momento determinado, quizá por un mal cálculo, quizá porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener su cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando salvajemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
    Pasó toda su vida por su cabeza y cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizá la soga se había quedado colgada de alguna amarra… si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
    Miró hacia arriba pero todo era la ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el estirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
    Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse era infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que parara la nevisca y, aun en ese momento, cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco.
    Pensó que si no hacía algo pronto, ese sería el fin de su vida.
    Pero ¿qué hacer?
    Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó la voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “soltate”. Quizás era la voz de Dios, quizá la voz de su sabiduría interna, quizá la de algún espíritu maligno, quizás una alucinación… y sintió que la voz insistía “soltate… soltate”.
    Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “soltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor… soltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aún, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
    Cuenta esta leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvataje encontró al escalador casi muerto. Le quedaba apenas un hilito de vida. Algunos minutos más y el alpinista hubiera muerto congelado, paradójicamente aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo.


    Y digo que, a veces, no soltar es la muerte.

    A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó.
    Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída.
    Todos tenemos una tendencia a aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Creemos en lo “malo conocido” como aconseja el dicho popular.
    Y aunque intuitivamente nos damos cuenta que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está; temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.