Ya no sé cuánto tiempo pasó desde la última vez que vi el lunar de su
mejilla o sentí el calor de sus manos… Y supongo que no importa cuántos días
desperté con la ilusión de verlo o cuántas noches me quedé dormida pensándolo.
Tampoco
importa si alguna que otra canción (o todas) me recuerda a él, si pasar por
determinado lugar me da escalofríos, si mirar las estrellas me hace fantasear
con que las cosas hayan sido distintas.
A veces lo extraño: Extraño su manía por hacerme sonreír cuando lloraba,
sus abrazos antes de dormir, sus ojos achinados y su sonrisa por la mañana, sus
hoyuelos cuando reía. Extraño pasear por la ciudad escuchando música a todo
volumen, verlo cantar y que al dejarme en casa se despida con un abrazo
interminable. Extraño cómo se acurrucaba en mí cuando no se sentía bien. Extraño
cómo me sentía al saber que no importaba lo que pasara, él estaba conmigo… Que
nos teníamos el uno al otro. Extraño ser quien fui.
Y ya no sé cuánto tiempo realmente estuvimos juntos, cuántos días pasaron entre besos y gritos; entre abrazos y discusiones. Y supongo que no importa.
Tampoco importa si lo quiero o no, aunque la respuesta es: sí, lo quiero por inercia. Lo quiero porque desde el 21 de Septiembre de 2009 lo hago, porque pasaron más de tres años y es más fácil seguir haciéndolo que volver a empezar, porque ya no recuerdo cómo era mi vida sin él… Porque ya no sé quién soy sin él.
Tengo miedo de dar vuelta de página. Tengo
miedo de soltarlo, de sufrir (aún más), de que su imagen al cerrar los ojos
antes de dormirme por las noches no desaparezca nunca…
¿Algo
de todo esto importa?
