Así estaba Bor, detenido frente al observatorio de Zabralkán, sin poder reencontrarse ni con su lengua; porque su misma voz le daba náuseas. Y sin embargo, con su voz tenía que hablar.
Bor había aprendido gestos sosegados. Las intemperancias y las exaltaciones no le eran familiares. Por eso, ni siquiera podía llorar, clamar a gritos perdón o castigo, abrir los brazos y alzar la cabeza. Bor no sabía hacerlo. Había llevado la arrogancia con modos austeros; y del mismo modo llevaba el padecimiento. Abrió la puerta y entró.
-Es mejor así –dijo Bor.
El observatorio de Zabralkán estaba repleto de burbujas. Detrás de ellas, se oía la risa divertida del anciano:
-Ve a reunirte con las demás…¡Vamos! ¡No temas ser perfecta!
-Hermano Zabralkán, aunque ya no puedas entenderme es mi deber y deseo hablar contigo antes que con nadie –dijo Bor. Y caminó hasta el lecho de Zabralkán atravesando burbujas.
-¿Qué sucede contigo? –preguntó Zabralkán malhumorado-. ¿Siempre caminas hacia donde deseas sin fijarte lo que destruyes a tu paso?
-Ya ves –respondió Bor-. Tanta fue tu sabiduría que aun en la locura dices las palabras más acertadas. ¡Sipudieras regresar de tu vejez!
Zabralkán batía el agua espumosa con el aro de jade como si ninguna otra cosa le importara.
-Debes mover el agua de tanto en tanto para que no pierda la densidada propiada –el anciano alzó el aro de jade-. ¡Así está muy bien!
-Fui traidor contra todo lo que amo –dijo Bor-. Sin pretenderlo, desmalecé el camino del Odio Eterno. Y ahora ya es tarde…
Zabralkán tuvo que esforzarse para disimular el sobresalto.
-¿Te conozco? –preguntó.
-Tal vez mejor que nadie.
-Tal vez…, tal vez –murmuró Zabralkán. Y continuó jugando.
-¿En qué me he transformado…? –musitó Bor.
-Mira las burbujas –dijo Zabralkán-. No son agua, ni aire. Sólo son apariencias.
Bor miró a su hermano con atención. Nunca, hasta ese momento, había sospechado que Zabralkán pudiese estar fingiendo. ¡Pero, aquellas palabras…!
-Creo que estoy intentando sospechar lo que, en verdad, deseo –Bor desestimó lo que acababa de pensar-. Sin embargo, ¡cómo quisiera que pudieras explicarme lo terrible que ocurrió con mi espíritu!
Zabralkán no cesaba de soplar el aro de jade.
-Míralas– dijo, dirigiéndose a Bor-. Transparentes, inmaculadas, perfectas… Y, por eso mismo, engañosas, fatuas y pasajeras.
-Continúa, anciano –pidió Bor-. Sin saberlo estás hablando para mi dolor…
Pero Zabralkán no deseaba hablar sino escuchar lo que Bor tenía para decir. Y buscó el modo de facilitarle las cosas:
-Tú, seas quien seas, ¿podrías entretenerme con algún buen relato?
Bor pensó que sería menos doloroso contar su culpa si, tal como Zabralkán se lo acababa de pedir, la transformaba en cuento.
[…] Lo que Zabralkán estaba escuchando era demasiado, demasiado terrible y demasiado bueno como para mantenerse quieto. Soplaba y soplaba burbujas, revolvía y revolvía el agua haciendo chocar el aro de jade contra las paredes de la vasija. Pero todavía no debía abandonar el fingimiento. Antes de eso debía saber con claridad qué cosas anidaban dentro de Bor.
Como si hubiese escuchado su deseo, Bor se quitó el alma y la puso delante del anciano. Y el alma de Bor habló como lo hacen todas las almas, con un orden distinto al de las palabras:
-Perdón. ¿Puedo pedirlo? Más torpe sería, y estaría más embrutecido… ¡No es así! ¡No me dejes seguir mintiendo, lengua mía! Ni torpeza, ni embrutecimiento. ¡Arrogancia, eso sí! Me adularon y yo los escuché. Sucedió lo que tú, Zabralkán, siempre me advertiste. Vuelve a decírmelo, hermano… Dime: “Oye las adulaciones…” ¡Vuelve a decírmelo como si el tiempo estuviera atrás! “Oye las adulaciones y acabarás enredado en tus propias vestiduras.” Perdón, temo pedirlo y que me lo concedan… ¿Cómo hace el culpable para vivir con el perdón a cuestas?
Fragmento de "Los días de la Sombra" de Liliana Bodoc

